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TAUROMAQUIA DEL SIGLO XXI

TOREO A PIE

por D. Manuel Baena
Fuente: www.ganaderoslidia.com

 

Sobre el arte de torear, como texto elemental para la formación profesional, de los que quieren ser toreros.

PREÁMBULO

En el año 1796, Pepe Hillo, escribió su tauromaquia, que definió como el arte de torear. Antes y después ha habido tratados del mismo tipo, escritos por toreros importantes con la misma intención, pero todos en los siglos XVI, XVII y XVIII y en todos se pretendió poner por escrito lo que es torear.

En los siglos XVI y XVII, con los títulos de: Advertencias, Reglas o Ejercicios de Caballería para torear a pie y a caballo. En estos, figuraban las normas de comportamiento para los caballeros que se enfrentaban a los toros en las fiestas, que de forma muy espaciosa y ceremoniosa se celebraban en aquella época. En algunos de aquellos tratados se hacen indicaciones para los que auxiliando a pie a los caballeros, o para que estos mismos, tuviesen conocimiento de lo más conveniente para resolver estas situaciones. Esto podría considerarse como un principio de las tauromaquias, como fue luego la de Montes, la Cartilla de Torear de la Biblioteca de Osuna.

Y después:

  • En 1847. Prontuario de Tauromaquia (F.I.T.U.)
  • En 1856. Toros españoles. Tauromaquia Completa por Juan Corrales Mateos.
  • En 1870. Tratado de Torear, incluido en el Compendio de la Historia del Toreo por D. José Santa Coloma.
  • En 1882. Manual de Tauromaquia de J. Sánchez Lozano.
  • En 1890. Arte de torear a pie y a caballo, de José Blanc.
  • En 1896. Tauromaquia de Leopoldo Vázquez, Luís Grandullo y Leopoldo Vázquez y Sáa bajo la dirección de Rafael Guerra-Guerrita. En 1908. Teoría del toreo por D. Amos Salvador, que se puede considerar como la más importante junto a las de Pepe Hillo y Montes, según el Cossío.

Hay muchos más tratados que no se detallan porque de lo que se trata es de dar unas ideas sobre todo lo taurino como información general pero no con pretensiones de erudición.

Pepe Hillo.

La tauromaquia de Hillo es posiblemente la que ha adquirido más notoriedad, aunque esto no signifique que todos los que saben de su existencia la hayan leído. Quizá su importancia se deba a todo el entorno de circunstancias en que está envuelta. En primer lugar, en que Hillo decía en ésta que: el valor y la destreza aseguraban a los lidiadores de los ímpetus de la fiera, es decir, que sabiendo lo que se hacía y siguiendo las normas que él daba, era casi absoluta la invulnerabilidad de un torero y que de esta forma dominase su arte. Sin embargo, al autor que decía esto lo mató el toro «Barbudo» de la ganadería de «Peñaranda de Bracamonte» el día 11 de mayo de 1801 en la Plaza de Madrid. En segundo lugar parece ser que Pepe Hillo, no sabía ni leer ni escribir y eso rodea a su tauromaquia de la curiosidad por conocer al verdadero ejecutor de este ordenado claro escrito. No se duda que los conocimientos de las cosas del toreo fuesen aportados por aquel gran diestro, quien tenía enorme y reconocida fama por sus hechos en tantas plazas, tantas veces y ante tantos toros. Evidentemente, la Tauromaquia o arte de torear, como titulaba la suya el propio Hillo, es un tratado donde se pretende poner por escrito, lo que hay que hacerle a un toro y de que forma para lidiarlo en una plaza, como parte del espectáculo que son las corridas de toros. La palabra «arte» la describe el diccionario como «conjunto de reglas para hacer bien alguna cosa» y como tal, está muy bien aplicada en este tipo de tratado sobre el toreo.

La idea inicial, era muy buena, pretendía algo que además de necesario, era importante en una época, donde prácticamente se estaba inventando el toreo.

Por aquel entonces los toreros se hacían en la difícil lucha de las capeas y el aprendizaje sin orden sin concierto, aprendían de los golpes, las dificultades y los problemas. Algo así, como se dice en «Ilusión de ser Torero» que se intercala y que refleja lo que pasaba hasta 1920-1940.

Hoy los toreros saben en su mayoría leer y escribir. Entonces estos libros de texto servían para informar de la realidad de la lidia, vista por sus propios practicantes, a los intelectuales sobre todo periodistas, que aumentaban sus conocimientos y los divulgaban a través de sus crónicas y escritos que llegaban a los interesados por comentarios verbales de los lectores aficionados.

Naturalmente hubo muchos toreros que sabían leer, pero la mayoría no.

 


 

 
 
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