Sobre
el arte de torear, como texto elemental para la formación
profesional, de los que quieren ser toreros.
PREÁMBULO
En el año 1796, Pepe Hillo, escribió su tauromaquia,
que definió como el arte de torear. Antes y después
ha habido tratados del mismo tipo, escritos por toreros
importantes con la misma intención, pero todos en
los siglos XVI, XVII y XVIII y en todos se pretendió
poner por escrito lo que es torear.
En los siglos XVI y XVII, con los títulos de: Advertencias,
Reglas o Ejercicios de Caballería para torear a pie
y a caballo. En estos, figuraban las normas de comportamiento
para los caballeros que se enfrentaban a los toros en las
fiestas, que de forma muy espaciosa y ceremoniosa se celebraban
en aquella época. En algunos de aquellos tratados
se hacen indicaciones para los que auxiliando a pie a los
caballeros, o para que estos mismos, tuviesen conocimiento
de lo más conveniente para resolver estas situaciones.
Esto podría considerarse como un principio de las
tauromaquias, como fue luego la de Montes, la Cartilla de
Torear de la Biblioteca de Osuna.
Y
después:
- En
1847. Prontuario de Tauromaquia (F.I.T.U.)
- En
1856. Toros españoles. Tauromaquia Completa por
Juan Corrales Mateos.
- En
1870. Tratado de Torear, incluido en el Compendio de la
Historia del Toreo por D. José Santa Coloma.
- En
1882. Manual de Tauromaquia de J. Sánchez Lozano.
- En
1890. Arte de torear a pie y a caballo, de José
Blanc.
- En
1896. Tauromaquia de Leopoldo Vázquez, Luís
Grandullo y Leopoldo Vázquez y Sáa bajo
la dirección de Rafael Guerra-Guerrita. En 1908.
Teoría del toreo por D. Amos Salvador, que se puede
considerar como la más importante junto a las de
Pepe Hillo y Montes, según el Cossío.
Hay
muchos más tratados que no se detallan porque de
lo que se trata es de dar unas ideas sobre todo lo taurino
como información general pero no con pretensiones
de erudición.
Pepe Hillo.
La
tauromaquia de Hillo es posiblemente la que ha adquirido
más notoriedad, aunque esto no signifique que todos
los que saben de su existencia la hayan leído. Quizá
su importancia se deba a todo el entorno de circunstancias
en que está envuelta. En primer lugar, en que Hillo
decía en ésta que: el valor y la destreza
aseguraban a los lidiadores de los ímpetus de la
fiera, es decir, que sabiendo lo que se hacía y siguiendo
las normas que él daba, era casi absoluta la invulnerabilidad
de un torero y que de esta forma dominase su arte. Sin embargo,
al autor que decía esto lo mató el toro «Barbudo»
de la ganadería de «Peñaranda de Bracamonte»
el día 11 de mayo de 1801 en la Plaza de Madrid.
En segundo lugar parece ser que Pepe Hillo, no sabía
ni leer ni escribir y eso rodea a su tauromaquia de la curiosidad
por conocer al verdadero ejecutor de este ordenado claro
escrito. No se duda que los conocimientos de las cosas del
toreo fuesen aportados por aquel gran diestro, quien tenía
enorme y reconocida fama por sus hechos en tantas plazas,
tantas veces y ante tantos toros. Evidentemente, la Tauromaquia
o arte de torear, como titulaba la suya el propio Hillo,
es un tratado donde se pretende poner por escrito, lo que
hay que hacerle a un toro y de que forma para lidiarlo en
una plaza, como parte del espectáculo que son las
corridas de toros. La palabra «arte» la describe
el diccionario como «conjunto de reglas para hacer
bien alguna cosa» y como tal, está muy bien
aplicada en este tipo de tratado sobre el toreo.
La
idea inicial, era muy buena, pretendía algo que además
de necesario, era importante en una época, donde
prácticamente se estaba inventando el toreo.
Por
aquel entonces los toreros se hacían en la difícil
lucha de las capeas y el aprendizaje sin orden sin concierto,
aprendían de los golpes, las dificultades y los problemas.
Algo así, como se dice en «Ilusión de
ser Torero» que se intercala y que refleja lo que
pasaba hasta 1920-1940.
Hoy
los toreros saben en su mayoría leer y escribir.
Entonces estos libros de texto servían para informar
de la realidad de la lidia, vista por sus propios practicantes,
a los intelectuales sobre todo periodistas, que aumentaban
sus conocimientos y los divulgaban a través de sus
crónicas y escritos que llegaban a los interesados
por comentarios verbales de los lectores aficionados.
Naturalmente
hubo muchos toreros que sabían leer, pero la mayoría
no.

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